Carta del Ingeniero Agrónomo Israel Feldman
Artículo escrito el Viernes 27 de agosto de 2010
Estimados Gustavo y Mempo:
Como cualquier hijo de vecino, me meto en el entrevero. Gustavo me conoce un poco por cuestiones de oficio, soy Ingeniero Agrónomo. Mempo ni debe tener idea de quién soy. Independientemente de ello debo decir que yo conozco, aprecio y respeto a ambos. Esta carta tiene carácter personal, es decir no es una carta abierta. Agradeceré que no se haga pública y pido disculpas por el atrevimiento de escribirles personalmente.
Leí detenidamente la primer respuesta de Mempo a Gustavo y por supuesto después leí la primer nota de Gustavo. Debo agregar que la primera carta abierta de Mempo me la envió un amigo. A partir de ahí la polémica me atrajo y la seguí detenidamente. Incluso el intercambio que tuvieron en el programa “Palabras más Palabras menos”.
Quisiera señalar algunos aspectos, que me parecen importantes.
Es verdad que el mundo tiene “hambre”.Desde un punto de vista comercial, sería mejor que simplemente tuvieran apetito. No siempre los que tienen hambre pueden pagar por la comida que necesitan. Certezas que podríamos vender alimentos al mundo, no es la primera vez que las tenemos. Nos titulaban “el granero del mundo”, y muchos… la mayoría de los que deciden, creían que teníamos asegurado la colocación de nuestros productos. Arando para sembrar trigo, provocamos voladuras de campos en La Pampa, para criar ovejas matamos humanos y guanacos y desertizamos la Patagonia, para extraer el tanino llevamos bueyes a la cuña boscosa santafesina. Entre el hacha y las pezuñas de las vacas, madres de los bueyes, se destruyeron los bosques y las “abras” de inmensos de pastizales. Algo parecido pasó en el resto del chaco subhúmedo. Dos millones de hectáreas de vinalares, ocupando antiguos pastizales en Formosa son un ejemplo dramático. Viene a mi memoria una frase de Miguel Ángel Asturias, cuando en “El Espejo de Lida Sal “dice: “Lo perdieron. Se lo robaron. A los indios de Guatemala les robaron el fuego verde”. Visiten el oriente salteño, el nor-este de Tucumán, el oeste formoseño y verán cuan acertadas son esas palabras.
Llamamos a todo el mundo, para que vengan al Chaco, teníamos el “Oro blanco”. Legiones de pioneros se le atrevieron a las víboras y a los mosquitos. Acudían como al llamado del caburé. “Chaco… Chaco. La Sibería voluntaria “, escribía mi padre en la década de 1920, haciendo referencia al destierro voluntario. Todo por el algodón. Todo por hacer fortuna. ¿Debo mencionar la crisis del algodón? ¿Cuál de ellas?
Parecía que siempre tendríamos a quién vender carne: En los años 1915-16 “El negocio del ganado era tan rentable, que hasta los tenderos del pueblo comerciaban con ganado” .En el año 1918 los colonos de la zona de Moisesville en Santa Fe, “abrían las tranqueras de los campos, para que los vacunos se escapen por la noche”. No había quién compre.
Toda esa introducción para decir que no deberíamos centrar nuestras esperanzas en un solo producto. Un principio ecológico elemental dice: “La diversidad disminuye la productividad, pero aumenta la estabilidad de los sistemas”.
Sembremos soja si es conveniente y tengamos a quién venderla, con valor agregado mejor. Pero no nos juguemos a las patas de un solo caballo.
Desde el momento en que comienza a motorizarse la agricultura, se comienza a desarrollar un proceso de industrialización de la agricultura. Como todas las acciones humanas, tiene aspectos positivos y negativos. La concentración de la propiedad de la tierra o la concentración de la capacidad productiva, es un fenómeno universal. Una descripción dramática de esa situación se puede leer en el libro “Viñas de Ira” de John Steienbeck. En Colonia Montefiore (pequeña colonia del norte santafesino donde viví mi infancia y adolescencia) había en el año 1946 alrededor de cien colonos propietarios de parcelas de 112 a 150 hectáreas, además de unos 20 colonos arrendatarios. Casi todos los colonos ocupaban en forma permanente o transitoria uno o más peones. Hoy quedan 22 propietarios de las tierras de la colonia. Ningún propietario vive en el predio.
Sin lugar a dudas el desarrollo de nuevas tecnologías y la incorporación de maquinaria motorizada, aumenta la producción de alimentos por superficie y por individuo ocupado en las tareas agrícolas. Libera grandes contingentes de seres humanos de trabajos penosos. En muchos casos, diría que en la mayoría, los condena al desempleo. El ser humano es un animal gregario, le gusta vivir en sociedad. La “Cabeza de Goliat” que describe Martinez Estrada, no es patrimonio exclusivo de los argentinos. Parecidas son New York o Tokio, para citar tan solo otros dos amontonamientos humanos .Pero si la despoblación y el consiguiente amontonamiento se producen en forma desordenada, sin ningún tipo de planificación, se desarrollan esos conglomerados humanos que nosotros hemos dado en llamar “villa miseria”.
Las “villas miserias” de nuestras grandes ciudades no se originan a partir de la difusión de la soja. Esa denominación la utiliza Bernardo Verbitzky, como titulo de su obra “Villa Miseria también es América” en la década de 1950. En los últimos tiempos hemos perdido en nuestro país aproximadamente cien mil pequeños y medianos productores de la pampa húmeda. La causa principal de ese fenómeno es la industrialización de la agricultura, y el consecuente desarrollo de tecnologías de producción en gran escala. En un estudio reciente de INTA se demostró que en la zona núcleo de la agricultura los productores de menos de 200 hectáreas tienen 1,2 HP por hectárea, en tanto productores de más de 800 hectáreas tienen 0,22 HP por hectárea. Es decir que los pequeños y medianos productores tienen un enorme lucro cesante. En el mercado no existen tractores ni máquinas cosechadoras o fumigadoras con motores de baja potencia y precios proporcionalmente menores. Quizás habría que aclararle a Mempo que la potencia de una máquina expresa su capacidad de trabajo en función del tempo en que lo realiza. Se puede arar con un octavo de HP, que es un hombre, si se le engancha una herramienta apropiada, pero seguramente se haría más rápido ese trabajo si se usara un tractor de 60 HP con la herramienta adecuada para ese tractor. Pero si un productor sólo tiene que arar 50 hectáreas, con un tractor de 60 HP tiene un gran lucro cesante, por tener el tractor sin trabajar por mucho tiempo. Si queremos que nuestros pequeños y medianos productores permanezcan en sus propiedades sin fundirse y desaparecer, debemos desarrollar en nuestras universidades y centros de investigación y experimentación agropecuaria, tecnologías adecuadas para las distintas situaciones y que económicamente les permitan competir con los productores de gran escala. Los híbridos y las semillas transgénicas aumentan sin lugar a dudas los rendimientos, pero son costosas y el productor no las puede producir. Los centros oficiales de investigación y desarrollo deberían producir variedades de libre disponibilidad, para que los mismos productores puedan producir sus propias semillas. Si bien es cierto que los rendimientos de variedades mejoradas pueden ser menores que las de los híbridos, también es cierto que algunas variedades mejoradas han demostrado no tener producciones demasiado menores que los híbridos.
Resulta que ahora “estamos ampliando la frontera agropecuaria”. La palabra “chacra” es de origen quechua y denominaba al lugar donde los seres humanos se dedicaban a cultivar vegetales y animales, para su utilización, como alimento, fibra y transporte. Las primeras “chacras” en lo que hoy es Argentina estaban en Santiago del Estero, en los valles de inundación del Río Dulce. Donde hoy encontramos los salitrales de la región de Atamiski, se cultivaba trigo en la época de la colonia y hasta entrado el siglo XX. La primera exportación que se hizo desde nuestro país, fue harina de trigo desde Santiago del Estero a Brasil (dicho sea de paso, tanto como para mejorar la rentabilidad del negocio, se contrabandearon con el trigo algunos lingotes de plata). Recordando aquélla fecha, 2 de septiembre de 1587, se festeja el día de la industria.
Buena parte del gran Chaco Argentino, es una sucesión de fulgores y cenizas. Pueblos e industrias abandonados. Restos de por lo menos siete molinos harineros encontré en Santiago del Estero. Bandera, hoy la capital de la soja en Santiago, tuvo un molino harinero y una fábrica de aceite desde finales de la década del ‘20 hasta 1950. Luego se cerraron las fábricas y la región entró en una dormivela, que duró casi medio siglo. ¿Cómo es posible que no aprendamos de esos errores y los volvamos a cometer con el mismo entusiasmo?
Existen intereses legítimos o aceptables e intereses espurios. En una sociedad capitalista como la nuestra querer ganar dinero no es delito, tampoco ganar dinero es delito. Un empresario conocido me dijo en cierta ocasión: “Las empresas tienen un corazón de oro…..pero por las venas les circula plata”. Me parece una afirmación incompleta referirse a empresas o empresarios diciendo: “defienden intereses”, como dando a entender que defienden intereses deleznables. Si así fuera se debería decir claramente. Pero si lo que intentan es ganar dinero en forma lícita y honesta tampoco se tendría porque ocultar. Quisiera aclarar al respecto, no es que yo sea un capitalista a ultranza. Simplemente digo que vivimos en un sistema capitalista y que dentro de ese sistema si no se violan las leyes y ciertos códigos éticos o morales, ganar dinero no es delito ni vergonzoso.
Decir que un empresario empieza o conduce un emprendimiento, porque le interesa generar demanda de mano de obra y dar trabajo a la gente, es cuanto menos una verdad a medias. En algunos casos ese puede ser parte de su objetivo. Lo importante para un empresario es organizar o dirigir una empresa que sea rentable. Lo demás viene agregado.
No existen remedios universales. Los médicos suelen decir que no hay enfermedades, sino enfermos. Cada situación en particular requiere un tratamiento particular. El arado de reja y vertedera, se inventó para eliminar la competencia de la vegetación existente, con la vegetación que se quería establecer. Para mantener un cultivo con una sola especie, por ejemplo trigo o maíz, se hacía muy difícil controlar las malezas o plantas indeseadas que se establecían y disminuían los rendimientos. Pero la técnica del arado contribuyó grandemente a la voladura de campos en Argentina y en otras regiones del mundo. Basta recordar las tormentas de tierra que oscurecieron Buenos Aires en la década de 1920 o los dust bowls que oscurecieron los cielos de EEUU de América.
La siembra directa sin arar es más vieja que la humanidad. Toda la vegetación que cubría el planeta tierra se hizo sin arar y sin herbicidas. La siembra directa como la conocemos hoy día, se hizo posible gracias a la aparición de herbicidas que matan la vegetación existente y permiten colocar la semilla que el agricultor desea que produzca cosechas, sin interferencias de otros vegetales.
Esa técnica en si no es mas ventajosa ni peligrosa que el arado tradicional. Pero no debería recomendarse sin adecuarla a cada situación en particular. Tampoco desconocer u ocultar los riesgos implícitos: Aparición de malezas resistentes, nuevas plagas de insectos, moluscos, enfermedades de los cultivos etc. Siempre que se modifica un hábitat, se producen nuevos nichos ecológicos que son ocupados por adaptaciones de las especies existentes o por nuevas especies.
El glifosato ha sido demonizado y defendido casi en igual proporción. Teniendo en cuenta su difusión y uso masivo, los intentos por mostrar sus efectos negativos no han sido exitosos. Para quienes lo defienden o glorifican, sería bueno recordarles que con la aparición del gamexane (hexaclociclo exano) y los insecticidas clorados posteriores como el dieldrin o DDT, algunos creyeron que la humanidad había conseguido por fin liberarse de ciertas plagas bíblicas. Cuando Rachel Carson, escribió “La primavera silenciosa”, señalando los peligros del uso de ese tipo de plaguicidas, fue duramente denostada. Por mucho tiempo después que ella hizo esas observaciones, se siguieron utilizando insecticidas clorados, aun para el control de insectos domiciliarios y corporales. Los conocimientos desarrollados posteriormente, hicieron que los productos clorados fueran absolutamente prohibidos para cualquier forma de uso en el control de insectos. Debemos ser cautos en cuanto al uso de cualquier plaguicida.
Para nada contribuye a mejorar la situación en cuanto al uso y abuso del glifosato, si se afirma que las napas freáticas del impenetrable están contaminadas con arsénico, por culpa de ese herbicida. El arsénico presente en las napas freáticas de gran parte de nuestro país, nada tiene que ver con el uso del glifosato. Cuando se comenzó a cultivar algodón, para el control de ciertas plagas se empleaba un insecticida a base de arsénico (el famosos Verde de Paris). Pero tampoco ese insecticida es responsable de la contaminación del agua con arsénico. Las napas freáticas suelen tener arsénico en distintas proporciones, según se encuentren confinadas en suelos cuyo material original tenga arsénico.
Viajando desde Villa Ángela (Chaco), hasta Tostado y Ceres (Santa Fe), se atraviesa la zona de ecotono o transición entre el “Domo Occidental” de la Provincia de Santa Fe y “Los Bajos Submeridionales”. La Cuña Boscosa Santafesina, donde tenía su asiento The Forestal Lumber and Railroad Company, conocida entre nosotros simplemente como La Forestal, es una franja de territorio que corre de Norte a Sur en el este de la Provincia. Saliendo de Haumonía en el Chaco, por la ruta 89 hacia el sur se recorre buena parte de la cuña boscosa santafesina, donde alguna vez hubo actividad de La Forestal, y se llega a Vera sobre la ruta 11.
La ruta 95 que une Villa Ángela con Tostado, bordea los campos altos del Domo occidental. También en esos lugares hay restos de fulgores y cenizas. En Villa Mineti, que está cerca de la ruta mencionada, hubo un molino harinero, y se encuentran restos de molinos harineros en Tostado y Ceres. Cuando se comenzó abandonar la agricultura en la década de los años 30, los campos se llenaron de arbustos. Son los desmontes irracionales que se observan actualmente arrastrando para quemar, madera, leña y parte de lo mejor del suelo (la capa superficial).En una actitud de enloquecida soberbia, cortamos las ramas sobre la que nos queremos sentar. Todo con el afán de querer hacer cosechas rápidas. Estamos escupiendo al techo. No afectamos el futuro. Porque el futuro es hoy, aquí y ahora.
Si me permiten quiero terminar con una anécdota, tan sólo para justificar mi actitud.
En cierta ocasión un correntino se sintió ofendido, por algo que había dicho un peón de la planchada de recibo de leche de la cremería de mi colonia. Sacó su enorme cuchillo y comenzó a rayar las ruedas de los carros y el suelo y a fintear por el aire, invitando a pelear a su presunto ofensor. Repentinamente descubrió el rostro aterrorizado de una niña, que miraba azorada el espectáculo. Rápidamente envainó su cuchillo, se quitó el sombreo y con gesto galante se inclinó frente a la niña y dijo: “Perdone señorita si me he zafa’o”.
Espero no haberlos asustado, pero por las dudas pido disculpas si me excedí. Quedo a su disposición si les interesa que sigamos hablando sobre ese tema. En algo estoy seguro que coincidimos. “Que todo sea para bien” es nuestro deseo, como solía decir el uruguayo- argentino o argentino-uruguayo, me refiero al gran humorista conocido como Wimpi.
Que todo sea para bien junto con mis cordiales saludos.
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